Mar del Plata y Mesopotamia Argentina (2004).


Un cinéfilo Mar del Plata y una intrépida Mesopotamia en 2004.

En 2004 yo colaboraba con varias revistas como La Cosa y El Planeta Urbano. Un día en la redacción de EPU, Luis Corbacho (editor y amiguete de esos tiempos), me planteó que si yo era tan bueno para adivinar resultados en los Oscars (un mes antes había hecho una nota donde les cantaba quiénes iban a ganar y por qué), debería irme a cubrir el Festival de Cine de Mar del Plata y hacer una nota. Acepté el desafío, saqué un pasaje, arreglé para dormir las noches en la casa de una tía, y después respiré cine todo el tiempo que duró ese evento.

El Festival Internacional de Cine de Mar del Plata es un festival de categoría "A" reconocido por la Federación Internacional de Asociaciones de Productores Cinematográficos (FIAPF) junto con los festivales como Cannes, Berlín, Venecia o San Sebastián, entre muchos otros. El objetivo a cumplir por parte del Festival es presentar una importante y próspera cantidad de filmes extranjeros de largometraje, acompañados por sus correspondientes representantes, y de esta forma contribuir con el desarrollo de la cultura, con el progreso de la industria cinematográfica mundial y con su difusión en América Latina. Este festival también propone ser la base de lanzamiento de la industria cinematográfica local que apunta a su constante renovación artística y técnica.

La rutina del festival, en el año de las Olimpiadas de Atenas, era muy buena. Me despertaba a las 8 de la mañana, pasaba por la oficina de corresponsales (EPU no me dio dinero, pero sí me facilitó las acreditaciones), retiraba muchas entradas para ver distintos films y me veía cerca de cinco películas por día (obviamente gratis). Cuando las proyecciones terminaban, la onda era averiguar a qué bares iban las estrellas, y los críticos, para hacer networking. En esos establecimientos conocí a algunas estrellitas locales y a la mayoría de los críticos de cine del país; solamente me queda un buen recuerdo del gordo Anibal Vinelli. El resto de la crítica cinéfila nacional cree ser más importante que la misma industria del cine. Esa es una de las razones por las cuales con el tiempo dejé de escribir críticas (además de que los medios no pagan bien, no te escuchan, todos se creen la segunda llegada de Jesucristo, etc). Así que cuando salía de los bares, me iba a dormir unas cinco horas y a la mañana siguiente la rutina cinéfila continuaba, sin queja alguna.


En los últimos tres días (sino mal recuerdo), se proyectó Buena Vida Delivery, una película Argentina dirigida por Leonardo Di Cesare. El film es bueno, pero en el contexto de lo que se mostraba en ese festival, y de los años post crisis nacional, para mí fue el mejor. Al salir de la sala, me encuentro al director en un pasillo y le dije: “Yo no se si vas a ganar, pero para mi que tu película es la mejor”. Fui uno de los primeros que lo palmeó en la espalda, intercambiamos tarjetas para hacer una entrevista en Buenos Aires y nos despedimos…hasta dos días más tarde cuando Buena Vida Delivery ganó el Festival de Cine de Mar del Plata :) Cuando me vio en el evento, el director me dijo: “Vas a ser uno de los primeros a los que le voy a dar bola cuando llegue a Buenos Aires”. Y así fue, regresé a Baires con la entrevista pactada con quien había ganado el festival y la nota finalmente se hizo. Una vez más había elegido un ganador correctamente.


Me fui de Mar del Plata con una sonrisa, además de haber acertado, había pactado una muy buena entrevista y había pasado un muy buen momento en una ciudad a la que me gusta visitar fuera de la temporada turística. Para mi Mar del Plata es sinónimo de familia (tengo tíos y primos) y sinónimo del Festival de Cine, aunque sea una ciudad que tiene mucho más para ofrecer.


Mar del Plata es una importante ciudad y es el centro balneario más importante de Argentina. En verano su población puede aumentar un 311%. Cuenta con una de las infraestructuras hoteleras más amplias del país. Está ubicada a 404 km al sureste de la Ciudad de Buenos Aires. Las principales actividades de la ciudad son la industria portuaria y turística. El puerto es principalmente pesquero, aunque recibe también barcos petroleros y cerealeros. Cuenta con instituciones educativas de todos los niveles, culturales de varias disciplinas y varios museos, además de canales de televisión abierta y por cable, tres radios AM y una variada oferta de emisoras de frecuencia modulada. Tiene una gran terminal de buses y un cómodo aeropuerto. Y cuanto más vacía esté la ciudad, más linda es para mí.



Unos meses después, El Latinauta despierta nuevamente. Después de dos años de noviazgo con Paula, salí del letargo y retomé la mochila. Ella pedía ir de vacaciones juntos a Mar del Plata, con sus padres: “Como todo el mundo”, mientras yo quería seguir la vía de Indiana Jones y Tin Tin. Además hacía poco ya había estado ;)

Las contrapartes a veces se equivocan y piensan: “Hola, me encantás, cambiá”. No funciona conmigo. Se me quitó la modorra y dije: “Yo me voy a mochilear por la Mesopotamia y después me cruzo a la Triple Frontera a ver qué pasa ahí” (en ese año abundaban los rumores de células terroristas de Al Qaeda en esa ciudad). Así que me fui solamente con mi fiel compañera (mi mochila), y partí nuevamente al infinito y más allá. La historia con Paula había terminado, pero otro capítulo comenzaba con el renacimiento del Latinauta. Mi relación sentimental estaba quebrada, por varias razones, y el cosquilleo y la música de la aventura sonaban cada vez más fuerte; así que me tomé un micro hasta Entre Ríos y a las pocas horas ya estaba en Gualeguaychu.














Gualeguaychú se ubica a 230 kms de la ciudad de Buenos Aires y a 25 kms de Uruguay. Sus principales actividades son la industria y el turismo, centrado en el denominado "Carnaval del País". Algunos dicen que es el tercero en concurrencia en el mundo, después del Carnaval de Río de Janeiro y el de New Orleans. Gualeguaychú es una destacable ciudad de la Argentina, la tercera en importancia de la Provincia de Entre Ríos. Esta provincia se halla ubicada en la Mesopotamia Argentina, formando parte de la Región Centro. Limita al sur con la Provincia de Buenos Aires, al oeste con la Provincia de Santa Fe, al norte con la Provincia de Corrientes y al este con Uruguay. La capital provincial es la ciudad de Paraná. Entre Ríos es la séptima provincia más habitada de Argentina con más de 1.300.000 habitantes, según los datos del censo de 2010.


A mi Entre Ríos no me gustó, me parece un lugar más y tanto el Carnaval (al que fui), como otras de la atracciones, no me llaman la atención. Reconozco que los locales le ponen entusiasmo a sus festivales y sus playas, pero a mi no me llegó lo que tenían para ofrecer. Razón por la cual no permanecí más de cuatro días en esa provincia y me fui a la siguiente: Corrientes.

Ubicada en la Región del Norte Grande Argentino, Corrientes brinda mucho al turista. Entre sus mayores atractivos turísticos sobresalen la pesca deportíva de río y la práctica de deportes náuticos. Pasear por la amplia avenida costanera, con sus balcones naturales sobre el río, visitar el parque zoológico de la ciudad, conocer los museos o hacer comprars en la peatonal Junín son actividades que no se pueden dejar de realizar en la capital de Corrientes. 

Hice poco en esa provincia, no daba para mucho más: Descansé en las termas, visité museos, visité su tristísimo zoológico y caminé muchísimo. A nivel de interés turístico, para mi Corrientes se mantiene a la par de Entre Ríos. Los locales la promocionan mucho, le ponen entusiasmo, pero a mi no me impresiona. Ni los lugares turísticos, ni la gastronomía, ni las termas (y no jodamos, las de Concordia y las de Corrientes no son termas, son piletones con agua caliente; termas son las de Aguas Calientes en Perú).

La cereza de la torta en Corrientes fue cuando fui a la ciudad de Mercedes y llegué junto a los millones de seguidores fanáticos del Gauchito Gil (estoy en contra de las religiones organizadas, pero los devotos del Gauchito Gil directamente me parecen unos lunáticos). Así que con un “ah bueeeeno” mediante, recorrí algo de Mercedes y directamente me tomé el primer para llegar a Misiones.

La Provincia de Misiones limita al oeste con Paraguay, del que está separada por el río Paraná, al este, norte y sur con Brasil. Tiene densas selvas salpicadas de cursos de agua, cuyos torrentes se precipitan al vacío formando una de las cataratas más caudalosas del mundo: Las Cataratas de Iguazú. Misiones también ha sabido convocar desde siempre a pioneros de todas partes del mundo, como resultado de esa ininterrumpida migración, encontramos en la provincia un calidoscopio cultural y étnico de incomparable variedad.

Misiones es la única provincia de la Mesopotamia Argentina a la que volvería. Ahí sí me sentí a gusto con lo que la gente y la provincia tenía para ofrecer. Particularmente, tengo gratos recuerdos de Posadas. Dinámica, atractiva, y ubicada estratégicamente sobre el más precioso recodo del río Paraná, Posadas es la ciudad más poblada de Misiones y su centro administrativo, comercial y cultural. El puente San Roque González de Santa Cruz, tendido sobre el río Paraná la une a su vecina ciudad de Encarnación, en la República del Paraguay. Posadas se encuentra a 350 Kms de Asunción, capital de Paraguay a 1003 Kms de la ciudad de Buenos Aires. 

Me encantó caminar y almorzar por la rambla de Posadas y tuve el placer de encontrarme con mi amigo Santiago Veiga en esa ciudad para hacer un paseo en lancha juntos. Fuimos a gastar plata en el casino y salimos toda una noche de tragos. Con un abrazo de por medio hasta la próxima vez que nos viésemos, me despedí de Santi y me fui con poco dinero hacia la Triple Frontera.

Inicialmente pasé por Uruguayana en Brasil, donde sólo estuve unas horas caminando, alimentándome y viendo qué había de comercio antes de entrar en la tierra de nadie que es el lado paraguayo de la triple frontera. Mi idea era llegar a territorio paraguayo con la menor cantidad de dinero posible, y con la peor pinta posible (medidas de seguridad que uno aprende), y así lo hice.   

El nombre Triple Frontera es una denominación usada en regiones donde las fronteras de tres países se encuentran. En el Mercosur, un ejemplo muy conocido es la región de las ciudades de Foz do Iguacu (Brasil), Ciudad del Este (Paraguay), y Puerto Iguazú (Argentina). Las fronteras de Argentina, Brasil y Paraguay se encuentran unidas por los ríos Iguazú y Paraná. El puente Tancredo Neves cruza el Río Iguazú y conecta la ciudad argentina de Puerto Iguazú y su vecina brasileña de Foz do Iguazú. El Puente de la Amistad cruza sobre el Río Paraná y une las ciudades de Foz do Iguazú y Ciudad del Este.

Recuerdo cruzar la frontera a pie. Recuerdo entrar en Paraguay sin que nadie me pida pasaporte o me revise qué entraba. Ahí me di cuenta que Paraguay está más complicado que Bolivia. En todo sentido. Cruzando un puente, sin control alguno, entré en territorio paraguayo; más precisamente en la particular Ciudad del Este.


Ciudad del Este es una ciudad del extremo este del Paraguay, capital del departamento de Alto Paraná, situada a 327 Kms de la capital del país, Asunción. Por su población y por su desarrollo económico, es la segunda ciudad más importante del Paraguay, contando con 396.091 habitantes, y su área metropolitana con más de 800.000 habitantes. Es una zona donde convergen diferentes culturas: argentinos, brasileros, paraguayos, árabes, chinos, coreanos, descendientes de italianos, alemanes etc. Es imposible disociar la región de la Triple Frontera de su fama con respecto a actividades ilícitas que allí se desarrollan. Ciudad del Este es el epicentro de estas actividades. La principal actividad delictiva se basa en la falsificación y contrabando de diferentes mercaderías (cigarrillos, electrónica, drogas y armas). Lo particular de este fenómeno, es la magnitud de intercambio de bienes que allí existe. Este tráfico ilegal de artículos configura una zona en donde se ha vuelto muy difícil cualquier control.


En esa parte del planeta no encontré miembros de la familia Bin Laden, ni nada que se le parezca, lo que si descubrí es que se puede conseguir absolutamente lo que uno quiera. La mercadería más inconseguible o el deseo más enfermo, se puede llevar a cabo solamente con un par de llamados telefónicos y varios dólares. Es uno de los lugares más peligrosos e intrigantes del orbe.

Al terminar la misión de la triple frontera, decidí irme para áreas más bonitas y civilizadas, nuevamente en la provincia de Misiones, Argentina. Tomé rumbo hacía las Ruinas de San Ignacio y me quedé sorprendido por lo imponente que son estas ruinas nacionales.










San Ignacio se destaca gracias a sus imponentes ruinas jesuíticas. Las Reducciones Jesuíticas de San Ignacio constituyen un insoslayable vestigio de la epopeya de los padres jesuitas, la cual tuviera su fin abrupto por orden de Carlos III, tras 200 años de evangelización y educación en esa tierra misionera. Ubicadas en la localidad de San Ignacio, y distantes unos 60 Kms de la capital provincial, Posadas. World Monuments Foundation y UNICEF donaron cientos de miles de dólares para que, paso a paso, se dejen relucientes todas las paredes de estos monumentos que, debido al clima tropical de la región, tienden a cubrirse de pequeños microorganismos que las descomponen.

Después de conocer las ruinas y la ciudad de San Ignacio, finalmente me fui a descansar unos días a Iguazú (porque viajando generalmente no descanso nunca :) Iguazú es una ciudad chica, donde con sólo quedarse cuatro días uno logra descansar y disfrutar lo poco que tiene la ciudad para ofrecer. Lo más importante fue reposar en un hostel, con otros compañeros mochileros, visitar las Cataratas, y quedarme sin palabras ante su magnificencia.


Las Cataratas del Iguazú, situadas en el extremo noroeste de la provincia de Misiones, constituyen uno de los privilegios naturales más atractivos de Argentina. Rodeadas por un marco salvaje y agreste de vegetación subtropical, las Cataratas del Iguazú brotan a 23 Kms de la desembocadura del río homónimo, alcanzando alturas que oscilan entre los 50 y 80 metros. Compartidas con el limítrofe Brasil, la frontera inaccesible se dibuja en la fabulosa Garganta del Diablo, la que, constituida por 275 saltos cayendo estrepitosamente en infinidad de cascadas, deslumbra las miradas atónitas tentando al riesgo. Modernas, accesibles y laberínticas pasarelas permiten el descubrimiento de cada rincón de este paraíso en plena Misiones, aunque más aventurado aún resulta internarse en las mismísimas cataratas a bordo de embarcaciones especialmente preparadas para tal fin. Estas imponentes Cataratas fueron elegidas como una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo. 


En Iguazú me quedé en un hostel que me hizo acordar mucho a varios de los que estuve en Perú, por la onda de quienes paraban ahí, jugué innumerables partidos de ping pong, dormí, hablé con turistas de los lugares más recónditos, y visité las Cataratas del Iguazú (una verdadera maravilla del mundo).

Había vuelto el mochileo con algo de presupuesto. Aunque fue una aproximación de cabotaje, me dio el coraje de planear algo más grande a futuro. Pasé por distintos tipos de áreas en la Mesopotamia, me arriesgué en Ciudad del Este y descansé en Iguazú. La suma de estas experiencias (y los fondos que iba a ahorrar entre 2004 y 2005), me iban a dar la plataforma para la próxima gran aventura: Mochilear desde México a Panamá (que también combinaba su cuota de inversión, esfuerzo, peligro y descanso). Pero para esa aventura, faltaba al menos uno año.



El Núcleo de la Triple Frontera:
Ciudad del Este Hoy.


En esa ciudad el dólar manda, pero hay que sacarlos con cuidado, por seguridad y para no ser avasallado por los vendedores. Con otra moneda que no sea dólares, es más seguro comerciar porque los locales infieren la posición económica del visitante y comprenden que uno está brevemente de paso. El regateo es la estrategia clásica de compra. Por eso los precios están injustamente inflados en un 100% y cuando uno regatea y saca un 50% de descuento, se siente un gran negociador, y en definitiva el vendedor sacó un 50% de ganancia. Lo importante a tener en cuenta es: que nada tiene precio fijo (el precio es según la cara y la moneda que usas), nada tiene garantía, los riesgos para comprar electrónica son abismales, hay que saber disfrutar del caos y los contrastes del lugar, complacerse al engordar tu vista con las novedades que veas, y volver contento y a salvo a tu país (sin ser estafado o peor) con la experiencia de haber conocido un lugar distinto a todo.

A tener en cuenta que Ciudad del Este no es Paraguay, y que Paraguay no es Ciudad del Este, dado que finalmente es una amenaza para el propio Paraguay también. No hay negocio que se apegue a la legalidad en Ciudad del Este: el tabaco, las armas, los componentes electrónicos, la prostitución de todo tipo, todas las falsificaciones de marcas americanas de zapatillas, etc. Es impensable lo que puede ocurrir en Ciudad del Este: un abogado cobra 10 veces más de lo que se cobra en Asunción. Lo que se maneja en temas de dinero en Ciudad del Este no es normal. Allí funciona la mafia china, la coreana, la paraguaya, la brasileña y otras. Y tampoco se debe estigmatizar solamente a los árabes. Ciudad del Este es un territorio ingobernable y por lo tanto, si uno quiere hacer algo ilegal, es el lugar más propicio para poder hacer cualquier cosa.

Fuente de datos: Revista Zoom, Sábado 2 de Junio de 2012.


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De Neuquén, Argentina a Colonia, Uruguay; en 2002 y 2003.


Etapa Gasolera: Neuquén de Novela y Colonia a toda Vela.

Todo viaje implica gastar dinero y tener un poco de logística. Debido al caos argentino de comienzos de milenio, yo no podía contar con ninguna de las dos variables. Ergo, en 2002 el Latinauta tuvo que hibernar por causas de fuerza mayor.
En el principio de la crisis de ese año capicúa, no tuve un peso. Me echaron de una empresa donde daba clases de inglés a través de un instituto (años más tarde volvería triunfalmente como proveedor independiente) y mi vida, como la de millones de compatriotas, había caído en un completo estado de desconcierto y un maremoto de incertidumbres. En el año del mundial de Japón/Corea, tuve que mantener mis gastos vendiendo cosas a negocios de compra-venta y dando clases a alumnos particulares. Al menos en ese momento vivía con mis viejos y no necesitaba muchos fondos. Sirvieron mucho los recuerdos de viajes anteriores para sentirse bien con lo hecho y soñar con lo que iba a hacer algún día: Concluir el recorrido por todo Latinoamérica. El proyecto de Latinauta estaba en las cuerdas, pero no estaba knock-out.

Si bien es necesario tener capital para vivir, yo en ese momento principalmente lo necesitaba para pagar mi cuota de universidad privada (la había elegido antes de la crisis e iba a resistir lo más que pudiese, y todos los meses llegaba con la plata justa, pero llegaba…), y para tener algo de dinero para salir los fines de semana con quien fue mi primer novia adulta oficial: Paula. Los viajes por el continente quedaban suspendidos por falta de fondos. Más allá de que con el tiempo con Paula pensamos distinto, y cada uno agarró para su lado, siempre le voy a agradecer que tolerara esos fines de semana donde solamente tenía diez pesos para gastar. En definitiva, ese año fue extraño, yo me sentía testigo de un país que tenía un potencial de la ostia, y en el cual de un mes para otro, reventó la burbuja y caímos en el Cuarto Mundo. En ese período, yo honestamente creía que no salíamos más, creí que íbamos a quedar a la altura de muchos países de Centroamérica, que jamás íbamos a poder levantar cabeza.

Logré sobrevivir (como todos mis coterráneos) y para fines de año, mi tío Jorge (que es médico en Neuquén), como sabía que yo no tenía dinero para irme de vacaciones y necesitaba paz para escribir mi primer novela, me sugirió ir a cuidarle su casa, mientras él se iba de vacaciones con el resto de la familia. Y así fue, para enero de 2003 llegué a Neuquén con el objetivo de escribir todo el mes entre cerros y montañas.

La provincia de Neuquén limita al norte con la provincia de Mendoza, al este con La Pampa y Rio Negro, al sur con Río Negro y al oeste con Chile, de la que la separa la Cordillera de los Andes. La provincia toma su nombre del río Neuquén. El término Neuquén proviene del mapudungun Newenken que significa "correntoso". Neuquén tiene dos paisajes bien marcados: el de la Cordillera de Los Andes – situado en la zona occidental - y el de la meseta – en la zona oriental. La región cordillerana se destaca por sus altas cumbres y por poseer muchos de los destinos turísticos más importantes de Argentina. 
Mi paso por Neuquén capital fue breve porque sentía que no tenía mucho para ofrecerme. Sin embargo, Neuquén Capital cuenta con teatros, salas de arte, museos, edificios administrativos, espectáculos, un observatorio astronómico, una reserva faunística o balcón del Valle, desde el cual se puede observar una vista panorámica de toda la ciudad. Además, cuenta con un gran paseo arbolado denominado Parque Central, espacio que abarca a la antigua estación de trenes. También se puede recorrer la feria artesanal frente a la esplendorosa catedral y adquirir todo tipos de artesanías y productos regionales. Actualmente la ciudad se ha convertido en un lugar apto para realizar congresos y convenciones.

En Neuquén Capital tomé un micro que me dejó en Chos Malal, donde vivían mis tíos y mi prima. En ese pueblo hice base para comenzar a escribir mi primer relato largo.

Chos Malal ("corral amarillo" en lengua Mapuche", denominación descriptiva por el color del tipo de roca que predomina en los cerros que rodean el valle), es la puerta de entrada al turismo del Norte de la provincia. La cercanía con lugares de interés turístico la hace el centro de servicios más importante de la zona. Fundada el 4 de Agosto de 1887 por el Cnel. José Manuel Olascoaga, fue la primera capital provincial.

Chos Malal está ubicada a 385 km. al Noroeste de la ciudad de Neuquén y a 130 km. del límite con Mendoza. Tiene una población estimada en 15.000 personas. Esta pujante ciudad con alma y sencillez de pueblo, ofrece todos los servicios para la recepción y comodidad del turista, mezclando edificios modernos con antiguos. El clima es continental de altura, con inviernos fríos (de frecuentes nevadas) y veranos de días cálidos y noches frescas.










Después que mi tío me mostró el pueblo y cómo funcionaba todo en la casa, mi tía y mi prima me hicieron sentir cómodo, y no me delegaron otra obligación que la de alimentar al perro una vez por día. Conocí varios médicos con quienes comparto el mismo sentido de humor negro (y ni hablar de las anécdotas de como mucha gente que hacía baños de vapor directamente succionando de la pava, terminaban en un automático paro cardio respiratorio y conmigo en el suelo de la risa. Y si, lo contaban con gracia y yo tenía un humor un poco enfermo). También conocí a los jóvenes locales de los que automáticamente te pechean cuando uno sale a la noche, para buscar pelea con un porteño, y como yo andaba solo, tenía que arrugar. O los dueños de los locales que, como era "el sobrino del doctor", no me querían cobrar "porque después paga el doctor cuando vuelva". En definitiva, cuando se fueron mis parientes, comenzó mi rutina de escritor: Me despertaba al mediodía, le daba de comer al perro, me cocinaba el almuerzo, recorría en bicicleta y exploraba con un mapa todos los días un lugar distinto, alquilaba dos películas en el único video club del pueblo (y me vi absolutamente todas las películas que tenía ese recinto), miraba un film alquilado a la tarde, bosquejaba la hoja de ruta de la novela, me cocinaba la cena, miraba la segunda película del día y desde la medianoche hasta que salía el sol escribía.









Así estuve 23 días, todos los días hacía lo mismo, y no me arrepiento de nada, porque produje muchísimo y regresé a Buenos Aires con la novela casi terminada. En la última semana, Paula me vino a visitar y lógicamente mucho no escribí...





Tres Poderes es el nombre de la novela que todavía está inédita y cuenta la historia de un joven periodista de buena posición social que, aunque escribe para una revista de modas y tiene dinero en su cuenta de banco, a sus casi treinta años, aun no sabe en que dirección encausar su vida; hasta que conoce a unos seres que lo llevan hacia su destino final: Ser el mediador en un conflicto de proporciones bíblicas entre ángeles, demonios, seres mágicos y vampiros, que rodean a diario a una ignorante humanidad. Con esa novela llegué temprano a la moda de vampiros y seres celestiales, y por ahora sigue cajoneada.

Durante 2003 la economía y el orden social comenzaron a mejorar en Argentina. Había más circulante disponible, habían aumentado las posibilidades de trabajo, yo daba más clases de inglés y tenía algunas colaboraciones periodísticas; también comenzaban distintos rebusques para trabajar o para obtener lo que ahora ya no se podía pagar porque era muy caro o porque simplemente no entraba al país. Lo que no podíamos conseguir, lo copiábamos o canjeábamos, o rogábamos que nos trajeran de afuera, de regalo.

Cerca de fin de año, mi amigo Santiago me invita a ir a Colonia en el velero familiar, y aun falto de dinero, acepté la invitación para descubrir una ciudad nueva, compartir el viaje con un muy buen amigo e incursionar en tierra charrua por primera vez.

Colonia del Sacramento, es conocida en el medio local como Colonia, está ubicada en la ribera norte del Río de la Plata, y se encuentra a 177 kilómetros de Montevideo. Es un destino turístico elegido por su riqueza histórica, su infraestructura turística, su tranquilidad, sus calles empedradas y sus atardeceres, elementos que lo convierte en un lugar ideal para el descanso.

Salimos de Argentina desde la amarra del Club Olivos y yo básicamente ayudaba a Santiago en la travesía que nos llevo unas 2 horas. Partimos rumbo a Riachuelo, y la ida se hizo rápida y didáctica. En Colonia amarramos muy cerca del área turística y como estábamos famélicos, nos fuimos a comer un cargado chivito uruguayo.


Aunque Colonia representa solamente una parte del vivir en Uruguay, no deja de estar conectado al territorio y su cultura. Con lo cual mi primer contacto con los uruguayos, no se iba a diferenciar de mis siguientes contactos en otros viajes: Somos hermanos, pero tenemos personalidades diferentes, para bien y para mal, de ambos. Operamos en velocidades distintas y aunque a veces me equivoque, cuando no sincronizo tiempos de respuesta, a mi me molesta; aunque a muchos les agrade su paz y su ritmo.










En el puesto de a pie donde elegimos comer, nos hicimos amigos de unos belgas que vivían en Argentina y eran paisajistas. Juntos recorrimos los puntos más turísticos de la ciudad.

Los mejores paseos y lugares para visitar en Colonia son: El Muelle, El Portón de Campo, La Rambla, La Calle de los Suspiros, La Plaza de Toros, El Faro de Colonia y más. En la Punta Santa Rita, del lado Norte del cabo, está el pequeño puerto para embarcaciones deportivas y de recreo llamado "Puerto Viejo", donde amarramos. La capacidad de amarre es de más de 160 embarcaciones. En la época veraniega sus instalaciones se ven colmadas por unidades de bandera argentina. La ciudad de Colonia en la actualidad cuenta con 21.714 habitantes.

Después de recorrer los lugares más clásicos de la ciudad, y de intercambiar información con quienes venían de la tierra de Tin Tin y serían grandes compañeros de copas, una vez regresados a Baires; decidimos explorar playas con Santiago que no tenían fácil acceso: Lo hicimos mediante un bote que llevábamos en el velero.

En menor y mayor medida, los dos somos "army brats", hijos de militares, y ese velero tenía de todo y nosotros estábamos preparados para emular al Corto Maltese. Con lo cual pasamos todo el día explorando y mapeando playas de difícil acceso, jugábamos al futbol o simplemente boludeábamos, donde muy pocos llegan.


El regreso fue más que interesante, de las playas a Colonia, nos sorprendió un fuerte viento que sólo lo sentimos cuando estabamos a rio abierto y no podíamos regresar a las playas. Asi que le pusimos coraje y llegamos volando a la amarra de Colonia. Una vez allí, un poco desinformados y otro poco pasados de audaces, decidimos volver rápido a Buenos Aires para ganarle a la tormenta que se podía venir. Una locura. Parecíamos los personajes de The Happening queriendole ganar al viento. Si bien volvimos con todas las previsiones necesarias, los imprevistos ocurren y si bien la ida de Baires a Colonia nos llevo 2 horas de travesía, la vuelta nos llevó 8 horas, porque tuvimos que luchar contra una tormenta. A mitad de camino entre Colonia y Buenos Aires, de noche, el control naval y de clima no supo medir una tormenta que nos sorprendió a todos los que estábamos en el agua y el velero se empezó a mover muchísimo, al ritmo de las olas que cada vez aumentaban más en tamaño y fuerza. Si aprendí a respetar el mar surfeando, aprendí a respetar el Rio de la Plata esa tarde navegando. Aunque Santiago controlaba todo de manera súper eficiente, volvimos seguros aunque atados porque Poseidón estaba enojado. Luchamos horas contra la tormenta y el Rio de la Plata que se manifiesta como mar. Tuvimos bastantes horas de navegar, y ajustar todo tipo de variables, hasta que vimos Buenos Aires y para escaparle a la tormemta, como en el final de una película, bajamos las velas y llegamos a todo motor, surfeando olas con el velero, que impresionaban hasta a los más experimentados. Cuando llegamos a la amarra en Olivos, escuchamos que algunos veleros se habían dado vuelta y la prefectura de ambos países los estaba buscando.

Colonia me dejó el primer contacto con los de la banda oriental en su terreno, el compartir un momento de tensión aventurera con un amigo y el respiro de que aunque falte dinero, los amigos, el tiempo y la voluntad hacen que la aventura no pueda morir.



Buenos Aires – Chosma - Buenos Aires
Por María Eugenia Somers

Aunque nací en el gran Buenos Aires, viví en Neuquén toda mi vida, gracias al trabajo de mis viejos (o ése fue el motivo aparente). Y ahora, a causa de mi estudio universitario (o mi motivo aparente), me mudé a Capital.
Chos Malal está muy cerca de la Cordillera del Viento, limita con Chile y Mendoza. Es "una ciudad con corazón de pueblo", o sea, un pueblo. Los habitantes siguen siendo pocos, como para que uno se sepa la vida de todos los de su generación, por lo menos. La señal de celular e internet es inestable, hay dos marcas de shampoo, tres colegios secundarios, calles de tierra, mucho viento, un boliche, un cielo con estrellas que se ven, un cine, mate dulce, muchos gendarmes y, a excepción de una gestión, todos los intendentes fueron del MPN (el partido de derecha tradicional de Neuquén, el de Sobisch asesino).
Mi sensación apenas me mudé desde Neuquén a Buenos Aires, sobre todo al empezar la Universidad, fue como de pasar de la televisión en blanco y negro a la de color, de ser fulana de tal a no ser nadie, de acostarme en la plaza a tomar sol a tener mil precauciones en la ciudad, de hablar de política solamente en mi casa de familia a hacerlo en todos lados, de caminar por el pueblo a tomarme ochenta bondis en el día, de saludar a todo el mundo para ahora "no poder confiar en nadie".

Extraño mis montañas, la sensación de imperturbabilidad, el pasto, que la naturaleza decida por mi (cuando nieva no hay clases), mis amigos, el silencio, el tiempo, mis viejos, el horario de siesta, no tener que coordinar visitas y simplemente ir a la casa de alguien, las clases sociales más parejas, usar jogging, que anochezca a la hora que corresponde...no extraño que me conozcan todos, ni el conformismo político, ni usar Sedal, no poder conocer más gente, ni no poder ir a espectáculos, ni a los conductores chusma de radio.
En mi primer año en "Buenos Aires Ciudad", me preguntaron de qué país era, porque no hablaba como porteña. Razonamiento: Si no hablás como porteño, sos de otro país. O sea, para muchos porteños, la Capital Federal es el país.
Cada vez que vuelvo a Chos Malal, mis amigos me preguntan si lo que se dice de los porteños es verdad...y yo realmente me esfuerzo para responderles que no. Porteños, denme argumentos!
  

María Eugenia Somers es estudiante de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, es mi prima y sigue siendo mi protegida familiar.




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Entre Argentina y Brasil, en 2000 y 2001.

2001 Odisea Argentino-Brasileña:
Necochea, Florianópolis, el Fin de la Inocencia y la Crisis.

Siempre tuve bastante claro mi orden de prioridades o necesidades. Elegí no apurarme y vivir como un inquilino con recursos, antes que ser un dueño estrangulado por un crédito. Entonces, todo el dinero que gané siempre se vio destinado a viajar y mantener un cierto estándar de vida; al que luego se le sumó vivir solo, etc. Con la cantidad de transporte público que tiene Buenos Aires, tampoco me pareció lógico tener un auto y pagar estacionamiento, cochera, nafta, seguro, etc. Por lo tanto, nunca destiné mis fondos a un techo o un móvil, y si a vacacionar afuera de la mejor manera posible.

En definitiva, después de muchos meses de trabajar al regreso de Perú (y de haber hecho un viaje relámpago a N.Y, donde me fumé los últimos ahorros que me quedaban; las crónicas de ese viaje a New York no aplican porque no son Latinoamericanas), necesité recuperar fondos, descansar, y no planear un gran viaje; al menos por un tiempo. Por lo tanto, trabajé todo el  99’ y en 2000 elegí vacacionar en las playas de Necochea, donde vive mi amigo Hernán. Viajé con el objetivo de estar entre amigos, no gastar mucho y poder seguir ahorrando; con la intención final de hacer otro gran viaje en 2001.


Como siempre tuve la pulsión de juntar camaradas, ese amague de fin de siglo lo recibí con Hernán y Mario en una playa tomando tequila, vino y champagne, esperando que se acabe el mundo. Y casi se acaba para los tres, porque terminamos borrachos y desmayados en la arena, al borde de la hipotermia de no haber sido despertados por una ex de Hernán mientras caminaba por la playa a las cinco de la mañana.

Necochea es una ciudad argentina ubicada en la costa atlántica de la provincia de Buenos Aires. Esta ciudad que explotó demográficamente en los 70’s, tiene una de las mayores comunidades de descendientes de vascos y daneses del país. En el año 1911, Necochea fue declarada ciudad.


La ciudad se puede dividir en dos focos comerciales: el centro, y la playa. Por el centro entendemos al núcleo administrativo fundacional de la ciudad, espacio en donde se encuentra la municipalidad y la iglesia principal, y en donde el movimiento comercial es el más intenso durante la mayor parte del año, exceptuando el verano. Porque en esta estación, la playa pasa a ser central en el desenvolvimiento comercial y cultural. Lo más destacable de su terreno arenoso, es lo vasto del perímetro, con lugares donde hay mucha gente y otros sectores donde el espacio personal es más amplio.


Ese verano con Marito definimos que Necochea tiene características que nos interesan mucho (en lo personal, las playas son extensas, la calidad de la arena es buena, la vida nocturna es bastante satisfactoria, abundan los espacios al aire libre donde recorrer o pensar, no es caro y el estrato social de quienes viven y vacacionan me hace sentir cómodo). Fueron todas buenas tardes de playa, amigos y amigas, andar en bicicleta, aventurarnos en las grutas, andar por el bosque de noche. No recuerdo un momento malo. Es nuestra playa local a donde escapar. Sobretodo si tenemos a Hernán ad infinitum haciendo de anfitrión. Hay lugares donde uno automáticamente se siente bien, y a mí me pasa eso con Necochea.


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Salto a Enero de 2001. Creo recordar que en algún partido de fútbol donde me junté con Marcos y Mario, Mario sugirió viajar a Brasil, y como Marcos y yo no habíamos visitado ese país sin nuestros padres, la sugerencia de Mario sedimentó y en breve comenzamos a coordinar el viaje. Esta vez viajé a tierras extranjeras sin mujeres de por medio, 100% chongo a la búsqueda de garotas.


Hay películas y experiencias de vida que me marcan, y Point Break fue una de ellas. No sólo sentí que necesitaba aprender a surfear en ese viaje a Brasil, sino que la verdadera filosofía de Brody y Johnny Utah se me hizo carne, aunque no montase tantas olas. El vivir tranqui, sin acelerarse, sin muchas responsabilidades, intentar hacer dinero de la manera más fácil, viajar y disfrutar, había llegado para quedarse. Además de aprender surf, necesitaba estar en tierras foráneas, aprender aspectos desconocidos de su cultura, comer cosas distintas, etc.

Los gringos salen de su país y quieren que todo siga igual a U.S.A, pero estando fuera de U.S.A. Yo pienso de forma diametralmente opuesta: Me gusta Buenos Aires y Argentina, pero me ahoga, y necesito salir de la misma para oxigenarme y seguir viviendo aquí.

Como Mario ya había estado en Floripa, el negro se convirtió en el líder temporario de facto, pero como siempre tuve problemas con la autoridad; el trío rápidamente se convirtió en una democracia. Teníamos el equilibrio perfecto, Marcos no hablaba, Mario hablaba bastante, y yo hablo de a ratos. Todos con algunos temas en común, y cierta experiencia en tierras extrañas, teníamos el balance indicado para pasarla bien. Y así fue.


Ese viaje sirvió para descansar, disfrutar entre amigos, penetrar territorio extranjero nuevamente, y recordar mi portugués. De los doce a los quince años leí comics mayormente escritos en portugués, y así casi aprendí el idioma. Con esta visita, se activaron mis sinapsis y espontáneamente volví a hablar portugués, con un vocabulario decente. Como viajábamos de a tres, los gastos resultaron económicos para cualquier tipo de actividad, y encima nos gustaba casi a todos los mismo. Más allá de que era todo dividido tres, el alquiler de habitaciones, comida e incluso auto, no nos había salido caro. Todavía recuerdo andar en ese Fiat a alta velocidad con Meteoro (Marcos) al volante, Marito durmiendo y yo acompañando, mientras ponía un cassette grunge después de otro.

Alquilamos una casa sin contrato, de palabra, y con la ayuda de la Fuerza que nos protegió. Paramos en Praia Ingleses, pero nos movíamos por todo Florianópolis, en Santa Catarina.


Florianópolis es la capital del estado de Santa Catarina. Según un informe de la ONU en 2000, Floripa es la cuarta ciudad brasileña con la mejor calidad de vida, sólo por detrás de las ciudades de Sao Caetano do Sul y Aguas de Sao Pedro, estado de Sao Paulo, y Niterói, estado de Río de Janeiro. Tiene, según el censo del IBGE de 2010, una población de 421.203 habitantes y más de 100 playas mapeadas. La isla de Santa Catarina posee una forma alargada y estrecha, situada paralelamente al continente, separada por un estrecho canal.


Floripa tiene de todo para el turista: Las angostas playas de Canasvieiras atestadas de Argentinos, la tranquilidad de Costa do Dentro, la movida de Barra do Lagoa, el espacio para caminar del Morro das Aranhas, o las olas para surfear de Praia Mole y Joaquinha. En Joaquinha fue donde agarré mi primer ola y es como la primera vez que uno se acuesta con alguien; imposible de olvidar. Aunque haya sido con un longboard, aunque hayan sido segundos, yo tengo una teoría muy personal con el surf: Para mí es lo más elevado en lo terrenal y nos acerca a lo espiritual, en mi experiencia. Algunos entran en La Zona a través del sexo, otros con el deporte, otros desde lo emocional con la paternidad. Para mi surfear significa que el mar, con su enorme fuerza, te hace notar lo pequeñito que sos y te levanta un rato, mediante una ola, te permite volar y entrar en comunión con la naturaleza y el todo. Yo creo que las pocas veces que surfee, toqué el campo quántico, casi como con el mejor polvo de mi vida, casi como en la mejor carrera de mi vida, casi como en una momento de transe a la hora de escribir; con el surf me acerqué a lo que los cristianos esperan sentir una vez que lleguen al Paraíso.


En Joaquinha, donde surfeabas en un buen ambiente, sin muchas tribus, pero respetando las jerarquías de los que más saben, con mis compañeros de viaje caímos en la placentera rutina de tomar Caipirinha, comer calamar, galinha con bacon e muita cervejha. Nuestro hábitat más común era Praia Ingleses, donde dormíamos, comíamos, caminábamos entre las dunas y nos animábamos al sandboarding.





El dúo me acompañaba también a Joaquinha para dejarme ser un poco Johnny Utah y después explorar otros lugares tranquilos como Pantano do Sul. Campeche era el más brasilero de todos los sitios y Armacao era el más top. Recuerdo pensar que en las ciudades se hace dinero, pero que la vida se vive en la playa.


A la semana, ya nos movíamos casi como locales con el idioma y el auto, y llegábamos a lugares como Jurere, aunque nos sentíamos a gusto en Praia Brava, porque era linda y limpia, no porque fuese la playa con mayor cantidad de gays :)

Con una agradable temperatura promedio de treinta grados, que no se sentía como los treinta que podríamos sufrir en Buenos Aires, visitábamos más playas, donde vimos delfines, y tomábamos caipirinha como si fuera agua. No teníamos idea qué día era o qué pasaba en el mundo, a no ser hubiese un partido de futbol. Y fue por un partido del Sub 20 entre Argentina y Brasil, donde la pasamos momentáneamente mal: Argentina, de la mano de José Pekerman, tenía un equipo soñado y estábamos convencidos que íbamos a ganar. Fuimos hasta el conocido rincón argentino de Floripa, Canasvieiras, y cuando Argentina perdió 4-2, quedó eliminado. Los argentinos nos quedamos insultando a los brasileros que también nos insultaban desde la vereda de enfrente, con la policía montada en la calle separando ambos bandos de aficionados, hasta que como en una película, vi una botella volar por encima de nuestra cabeza, por arriba de la policía, en arco descendente hacia la cabeza de un brasilero. Con el crash del botellazo en el marulo del brasuca, le siguió el pandemónium, y los insultos argentinos desubicados haciendo alusión a que nos acostábamos con sus mujeres, que eran unos amargos y coronando con el cántico de “Tomala vos, damela a mi, nos vamos todos, de qué vivís? Putos, putos, putos!”, nos retiramos raudamente, como diría Sidharta Kiwi.
  

La situación diaria con los locales se había complicado por la violencia del partido y yo ya me estaba empezando a quedar sin efectivo, con lo cual el regreso a casa estaba próximo. Las lluvias tropicales, como la tormenta de los cien días de Point Break, nos ponía en agenda que ya era hora de regresar. Sin embargo, la vida relajada, la comida, los jugos, el alcohol, las garotas, los planes de ponernos un puesto de hamburguesas como los de Brasil pero en Buenos Aires, nos mantuvieron en Florianópolis varios días más. Con la ida de Mario, por razones laborales, la incesante lluvia local y con Marcos enfermo, ya era hora de regresar.


Brasil, es un hermano, con el que nos peleamos por estupideces, pero a quien amamos profundamente. Cualquier viaje a Brasil, nunca está de más. Siempre suma.

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Salto a Diciembre de 2001. Creo, sin temor a equivocarme, que la Historia Argentina se escribe con varios hitos como indicadores: Antes de la Crisis y Después de la Crisis, deberían ser usados con mayor frecuencia.

El desplome del neoliberalismo local arrastró empleos, ahorros, sueños y destapó a quienes estaban cubiertos: Los excluidos. La crisis se cobró 39 muertes declaradas, pero debe haber cientos de suicidios, estados depresivos crónicos, indigencia perpetua y otros males que no fueron informados, ni medidos. Entre tanta mugre, tanto caos y tanta desesperación, la crisis de hace 10 años atrás nos otorgó la solidaridad y la imaginación como únicas armas para salir adelante. 


La crisis de diciembre de 2001 en Argentina fue una crisis financiera y política, generada en principio por la prohibición a la extracción de dinero en bancos (medida nombrada Corralito por los medios), que finalmente desencadenó en la renuncia del presidente Fernando De la Rúa, el 20 de diciembre de 2001, y generó una rotación presidencial sin precedentes, ni rumbo.

Quienes participaron de las protestas de la semana que gestó lo acaecido el 20 de diciembre, fueron mayoritariamente autoconvocados que no respondían a partidos políticos o movimientos sociales concretos. El pueblo había salido a la calle, había salido de su letargo.


Desde el 17 de diciembre comenzaron a llegar noticias de saqueos en el interior del país. El 19 de diciembre los saqueos se popularizaban por el conurbano de Buenos Aires y Rosario, y el país seguía los acontecimientos por la televisión. Algunos habían comenzado a protestar desde los balcones y en la calle. Hasta que finalmente anuncian el estado de sitio. La indignación y la bronca excedieron todos los límites de pasividad.


Muchos protestaban, pero otros saqueaban para comer o simplemente para robar. En el comienzo la gente se llevaba alimentos de todo tipo, pero con el correr de las horas también se llevaron, en asombrosa y organizada procesión, todo tipo de mercadería: bicicletas, artículos de limpieza, bebidas alcohólicas, productos de bazar y hasta electrodomésticos como heladeras. Incluso algunos arribaban de autos costosos y una vez cargados con diversos productos se retiraron con total tranquilidad.


El día 19 las manifestaciones comenzaron temprano y no terminaron más. A las nueve de la mañana, en el distrito financiero, fue el turno de las asambleas. A las dieciséis, la Plaza fue de las Madres. Luego, fue el turno de los piqueteros de La Matanza. Al atardecer, cacerolas en las esquinas. Y a la noche, vigilia cultural alrededor de la Pirámide. Estas son las impresiones de un día eterno y, fundamentalmente, distinto.

Siempre digo que el comienzo definitivo de mi maduración fue a partir del 99’, desde que empecé a mochilear y estudiar en la facultad. Pero el golpe de horno, el hacerme hombre, lo sentí con la crisis de Diciembre de 2001. Ahí me di cuenta que la vida no era joda, que la gente podía caer y sufrir de formas impensadas, en tiempo record, que el salvajismo y la miseria nata del ser humano se podía manifestar sin freno alguno.

Jamás me voy a olvidar cuan notoria era la falta de trabajo y dinero de todos, pero sobre todo la de los menos privilegiados. Día a día, tomaba el ramal del tren llamado Sarmiento y veía como la gente que lo compartía conmigo estaba cada vez más flaca, desesperada, con la mirada perdida; sin esperanza, ni objetivo alguno. Jamás me voy a olvidar salir de la facultad  y ver como la gente se tiraba sobre las bolsas negras de basura que sacaban de los restaurantes cercanos al Congreso, las abrían y comían las sobras frías, como estaban, mezcladas con otras comidas, líquidos y basura. Nunca vi ese nivel de pobreza y desesperación, jamás lo hubiese imaginado en Argentina, nunca lo voy a poder olvidar. En principio, me juré estudiar, trabajar y hacer lo necesario para que nunca me pase a mí, después a mi familia y amigos, y por último a la gente en general. Por eso siempre intento votar y mantener una consciencia ciudadana que apunta al bien común, que construye un piso para que el que está más abajo, no caiga aún más. Porque no nos puede volver a ocurrir lo que ocurrió después de Diciembre de 2001. Ese es otro de los Nunca Más que jamás hay que olvidar.  

El 20 de diciembre de 2001 la población nacional se volcó a las calles a reclamar sus fondos inmovilizados, golpeando las ahora icónicas cacerolas, con total repudio a la clase política, con el ya conocido: “Que se vayan todos, que no quede uno solo”. El Presidente De la Rúa declaró el default, y sacó a Argentina del sistema global de la economía. De la Rúa finalmente huyó en helicóptero, pero nadie mencionó cómo huyo Cavallo, Ministro de Economía y principal responsable de la debacle; quien según fuentes no oficiales se llevó aviones llenos de dólares al exterior.
Domingo Cavallo fue responsable, como De la Rua y muchos de su gabinete, pero nosotros también. El pueblo también fue responsable. Sabíamos que se iba a acabar la fiesta menemista de la convertibilidad. En el 2000 me acuerdo de haber leído un informe, en mi clase de economía, que decía que si no salíamos ya del 1 a 1, el país se iba a fundir rápido. Sabíamos, pero miramos a otro lado, todavía maravillados por los espejitos de colores, los viajes al exterior, o la comida importada que encontrábamos en cualquier góndola. La explosión de pobreza de 2001 me sorprendió, inicialmente, pero cuando sedimentó con el devenir diario, me di cuenta que los cartoneros, que antes fueron cirujas, siempre estuvieron, que si se cierran las fábricas y la clase media deja de tener circulante, la clase baja se muere de hambre. No lo quisimos ver. Pero el abismo nos devolvía la mirada hace mucho tiempo.

Durante la crisis de 2001, los reclamos se mostraban dispares: La clase media reclamaba sus ahorros de los bancos y la clase baja pedía dinero, trabajo, techo o comida. La disparidad de reclamos era demasiado contrastante. Se hacía bastante evidente cuando uno iba a una asamblea barrial o estudiantil y lamentablemente uno comprobaba que para que el bien común perdure, la democracia no es aplicable a todos los ámbitos. Mi voto no puede ser igual al de Doña Rosa, mi reclamo para generar un piso a la pobreza, no puede ser igual que el de la señora con el tapado de visón y las ollas italianas con las que protesta. La cacerola fue uno de los símbolos que más graficó la confluencia de varios sectores. El cacerolazo detonó a partir del aviso gubernamental del toque de queda y estado de sitio, que anticipaba una salida represiva.


Yo hubiese utilizado elementos un poco más radicales para protestar, pero suelo tener una visión polémica; no acorde a la visión generalizada de la protesta sin violencia. Con el ¡Piquete y Cacerola, la lucha es una sola!, para mi no alcanza. Y aunque tenga una mirada un poco más extremista, y no ecuánime con los elementos de protesta y representación de la sociedad (siempre con el bien común en mente), en esos extraordinarios días de diciembre de 2001, fueron notorios y hasta loables los intensos contactos y luchas conjuntas entre gente de sectores medios y los más empobrecidos. La crisis del 2001 generó una rebelión popular bastante múltiple en su composición social, que incluyó a sectores medios y bajos. Con comerciantes, productores, profesionales, estudiantes, amas de casa y desempleados.


El 20 de diciembre, como la mayoría de los argentinos, yo miraba lo que ocurría por televisión, y por demasiado tiempo me mantuve inerte y observador. Sin embargo, cuando vi que la policía montada les pasaba por arriba a unas Madres de Plaza de Mayo, que estaban sentadas en ese parque, algo se activó y me tuve que movilizar. Si no fuesen progresistas, pongan de lado la ideología, solamente comprendan que la policía montada le pasaba por arriba a unas señoras que estaban protestando, y se encontraban indefensas ante ese ataque. Esa acción hizo que me levante del sillón y le diga a mis viejos: “Chicos, yo tengo que ir”. Mi viejo fue milico por un tiempo, pero se fue mucho antes del 76’, y aunque tiene formación militar, odia a la policía; con lo cual mis padres entendieron y sólo me dijeron: “Cuidate, vos sabés como moverte”. Y eso viene a cuento que mi papá me enseñó algunas cosas que le enseñaron a él, y al hacer el curso de Periodista en Zona de Conflicto ONU, siempre supe como escurrirme en un descalabro urbano. Agarré mi Canon réflex de gran angular y me subí al tren Sarmiento. Todos los que íbamos adentro de esos vagónes, jóvenes y no tan jóvenes, íbamos a protestar a la Plaza. Nadie hablaba, todos íbamos concentrados, enojados, listos para pelear, como antes de salir a un partido de rugby. La gente en ese tren se movía como una uni-mente, sin celulares, sin redes sociales, nos movíamos motorizados por la indignación de los que les estaba pasando a nuestros compatriotas, más allá de lo ideológico. Salimos de la estación de tren de Once, cruzamos la plaza y empezamos a caminar por la Avenida Rivadavia. Todos los negocios estaban cerrados, no había más que ruidos de lejos, casi no había autos circulando por las calles, la gente no hablaba y todos avanzábamos como una horda que manifestaba su descontento, nuevamente ante un aparato represor que insistía en golpear a quienes debe proteger. Cuando llegamos a la altura del Congreso, la policía comenzó a tirar gases lacrimógenos, y muchos corrimos por la calle Bartolomé Mitre, en paralelo a Rivadavia, para seguir avanzando contra la policía.
  

Intentamos protestar contra la Federal en el Congreso, pero como tiraban muchos gases (que literalmente te quitan todo tipo de fluido que pueda salir de la cara y es muy difícil de sobrellevar, aunque la adrenalina a veces repara todo), con algunas agrupaciones avanzamos por la calle Teniente General Perón hacia la Plaza de Mayo. Cuando iba por esa arteria, me tapé la cara para evitar respirar un poco menos los gases, y me encolumné con los del Partido Obrero. Un pibe que venía al lado mío me preguntó de qué agrupación o medio era (porque yo venía con una buena cámara de fotos conmigo), “Hoy somos todos argentinos” me salió decirle, y el flaco asintió con gesto aprobador.



Marchamos juntos cantando “Que se vayan todos”, y otros cánticos, hasta llegar a la Avenida 9 de Julio. Ahí el clima se puso espeso. Había algunos canas sobre Avenida de Mayo, pero cuando algunos empezaron a romper baldosas y tirarles piedras, los gordos de azul al menos un poco retrocedieron. Yo fui con algunos del P.O a comprar y manguear agua a algunos quioscos, para que la gente tome líquido y se lave la cara por los gases. La policía tiraba al bulto, y a mí me molestaba ver a las señoras grandes descompuestas por los gases; podría haber sido mi vieja. Cuando la Federal vuelve a avanzar hasta la 9 de Julio (pero llegaban hasta ahí, porque son unos maricas que avanzan en grupo y armados, nunca se la bancan en serio), otra vez se tienen que replegar porque los enfrenta una horda de motoqueros, que los combatían con los cascos en las manos.


Era una escena de Mad Max, yo estaba tirado cuerpo a tierra a metros, en uno de los islotes con césped de la 9 de Julio y no podía creer lo que veía. La policía intentaba avanzar con los caballos y látigos, y los motoqueros los hacían retroceder con los cascos y las cadenas. Desde ese día, que respeto a los motoqueros un poco más. Nunca ví tantos huevos en un grupo civil. Cuando la policía se repliega unas cuadras, ahí empiezo a participar de la gresca, rompimos baldosas y al principio las pasaba, y después empecé a tirar, y el objetivo era correr a la policia y llegar hasta la Casa Rosada; casi lo conseguimos.


Cuando estábamos a una cuadra, veo que pasan por las paralelas a Avenida de Mayo, muchos de uniforme, y en un momento digno de Obi Wan, me acordé de mi viejo que siempre me decía: “Ojo con las pinzas”. Cuando me dí cuenta que teníamos a la policía de frente en motos de a dos uniformados (uno manejaba y el otro de atrás disparaba con una Hitaca), y algunos de la montada a espaldas nuestras, y como no éramos un cuadro organizado, ahí nos separamos todos y fue un “Sálvese quien pueda”. Encima, yo aprendí a tirar en un polígono, con mi viejo, y siempre me enseñó a diferenciar los tiros de pistola, de revolver, los de plomo y los de salva. Ni hablar de una escopeta. Cuando quienes manifestábamos nos replegábamos, otra vez por Perón, para volver a la 9 de Julio – que es tan ancha que no te pueden contener – escuché disparos y pensé: “Están tirando con plomo”, pero no lo quise creer, y me dije que eran balas de goma, hasta que al llegar a la avenida más ancha del mundo, veo como se llevaban a uno que protestaba con un tiro en el estomago, y saqué una foto al charco de sangre que había dejado. Me acuerdo que pensaba mil cosas en fracciones de segundo: “sangre roja brillante, es arterial, ese pibe es boleta” + “llegamos a la 9 de Julio, juntamos más y los hacemos retroceder” + “ojo con los balcones y terrazas que quizás los Servicios nos sacan fotos”, etc. Esa tarde fue surrealista. Cuando llegué a la Avenida 9 de Julio, los que avanzamos, los que protestamos, los que hicimos retroceder a la policía con cánticos, piedras y los embates de los motoqueros; ya nos habíamos dispersado demasiado, y muchos ya corrían porque tenían miedo que los maten. Por alguna razón, a mi no se me cruzó sentir miedo, estaba preocupado en ver si había alguien descompuesto, en no quedarme sin rollo en la cámara, en ver por qué lado venía la cana, etc. Decidí bajar por Avenida de Mayo para protestar en el Congreso, pero era un quilombo de policías que ahí sí no sé de dónde salieron, pero aparecieron con actitud de dispersar y atemorizar, y lo consiguieron.


La gente corría con miedo, la protesta había terminado ahí. Yo todavía tenía resto y la furia suficiente para intentar ir al choque una vez más y buscaba a los del Partido Obrero, para encolumnarme con ellos y correr a la policía con piedras y palos, hasta que al llegar al Congreso, doblo en una esquina para bajar otra vez por la calle Perón, e intentar sorprender a la Federal, quizás con otros, y cuando giro en la esquina, al lado mío, tenia casi toda una cuadra de policías con uniformes anti motines, eran como cien, yo me quedé quieto, me destapé la cara y subí la cámara, como señal de paz e indefensión, porque si querían me mataban ahí mismo, y no pasaba nada. Un sargento rollizo que estaba delante de todo el batallón, me mira fijo y me dice: “Nene, ya está, andá a tu casa”. No dije nada, agaché la cabeza, les pasé por al lado, me dejaron pasar, me miraban con ojos satánicos, pero me dejaron pasar, y cuando los pasé a todos, me dije “ya está, si safé una vez, no voy a volver a safar”. Al menos fui testigo y la puedo contar. Así que caminé hasta Once, metí unas monedas en un teléfono público y llamé a mi vieja. Le dije que estaba bien, y que ya me tomaba el tren de vuelta.

En retrospectiva, yo no conseguí nada, o sí. No me quedé en mi casa como un vegetal, fui uno más de los que se manifestó contra el poder, dentro de mis posibilidades y mis veinticinco años. La frase “Para que el mal triunfe sólo hace falta que los hombres buenos no hagan nada” a mi me marcó a fuego de chico, y además siempre tuve un compás moral apuntado contra los “bullies” and I fucking hate bullies. Así que cuando vi como le pasaban por arriba a las Madres en la Plaza, no me pude quedar quieto. Si me hubiese quedado en casa, como varios millones, vaya uno a saber lo que hubiesen hecho quienes estaban en el poder al ver que tenían un pueblo bastante apático. Pero por suerte no fue así, y las hordas que vinieron desde el sur y desde el oeste, les hicieron/hicimos frente para que recuerden que el pueblo tiene un límite.

Lamentablemente, yo tenía mi visa y pasaje para volar a Canadá el día 23 de Diciembre, y terminé de vivir esos días de furia desde el norte. El viaje estaba planeado desde hacía muchos meses atrás, cuando todavía vivíamos en una nube de pedo y no teníamos ni idea lo que iba a ocurrir cerca de la Navidad de 2001.

El día 21 no paraba de mirar la tele y empecé a empacar, y terminé de meter lo que necesitaba para pasar un mes en Canadá en la valija al día 22. Me acerqué a la redacción de una revista donde era editor, y recuerdo que nos anunciaron que la revista cerraba porque el precio del papel y la tinta se habían disparado. Me pagaron 700 dólares, porque no habían tenido tiempo de cambiarlo a 700 pesos. Eran otros esos tiempos. Con ese dinero y otro que tenía ahorrado, viajé a Canadá a reencontrarme con un amigo a quien no veía hacía tres años. Día a día desde Canadá veía los saqueos, la rotación de presidentes y que el dólar subía. Yo había empezado a dudar de volver a la Ciudad de la Furia.

En paralelo, mi amigo Diego Molina tenía previsto irse de vacaciones a Brasil, y él también ya tenía su pasaje pago. Nadie podía llegar a imaginar que Diego se iba a quedar a vivir en Brasil, y que yo quizás con la oportunidad de quedarme, me iba a volver a Argentina.

La coyuntura de permanecer en Vancouver, se dio porque quienes me conocían ahí, veían las noticias y no querían que yo regrese. Hasta se habló de conseguirme un trabajo en un café, donde podía enmascarar mi ilegalidad un tiempo. Los dueños eran inmigrantes legales y el clima laboral era bueno. Los mozos de ese lugar guardaban sus tablas de snowboard detrás de un mostrador, y al terminar su turno de seis horas, se tomaban un bus frente al café, para que en veinte minutos los dejase en la tercera mejor pista de ski del planeta. Yo podría haber trabajado ahí, me podría haber quedado en Vancouver.


Pero mi curiosidad me llevó a una visita a The University of British Columbia, donde fui a ver el campus y cómo se estudiaba ahí. Quien actuó de mi guía en ese recinto fue un argentino que hacía años vivía en Vancouver, y era profesor de Latin American Studies. Yo de a poco estaba convenciéndome cada vez más de intentar quedarme, de jugármela, como un extraño en una tierra que me era extraña, pero tuve un momento de iluminación gestionado por mi compatriota, al que siempre le voy a agradecer la sabiduría del momento. Caminando por el campus, me pregunta:

- ¿Vos por qué querés estudiar acá?

- Porque siempre soné con estudiar en un campus.

- ¿Pero vos querés un título con chapa o querés conocimiento?

- Conocimiento – respondí. A lo que él remató: ¿Qué ves en esta Cafetería?

Y yo veía gente comiendo, nada fuera de lo normal. “Gente comiendo”, contesté levantando los hombros. Y mi guía, como uno de esos mentores que el karma te tira cada tanto, me pregunta: “¿En Buenos Aires, también estarían todos como están acá?”. Y tuve un despertar, una epifanía, un satori, una apertura del tercer ojo, y contesté: “No, están todos leyendo, fumando, tomando café, con fotocopias, libros y resaltadotes!”. “Entonces ya sabés cual es tu lugar”, concluyó al decirme. A los pocos días me tomaba el avión de vuelta a Buenos Aires, aún sabiendo con todas las desventajas que me iba a encontrar.

Como periodista y escritor, Buenos Aires era la ciudad donde estar en 2002. Y eso que aquel año fue durísimo. Para mi y para todos. Yo llegué con deudas de Canadá y me quedé sin trabajo. Me iba a Constitución a vender cosas a negocios de compra-venta para poder pagarme la cuota mensual de la facultad, daba clases particulares a quien sea, me colaba en el tren y caminaba mucho, porque no siempre tenía dinero para pagar los viajes. Incluso en mis fines de semana, con Paula, quien fue mi primer novia oficial, solamente compartíamos una pizza de Ugis o dos panchos, con una lata de cerveza para los dos, porque no teníamos más plata.

Diego se fue definitivamente a Brasil, país increíble, con muy buena calidad de gente, muchos recursos y un milagro que diez años más tarde se llamó Lula. En Argentina los tres mosqueteros se separaron (Marcos es el tercero), quedamos dos pero ya no nos vimos tanto, en un país que yo creí no se iba a recuperar nunca más.

Entre diciembre de 2001 y enero de 2002, para mi fue el fin de la inocencia, la certeza de que ya no podía volver a escuchar la radio tirado en la calle con mis amigos, porque mis amigos habían cambiado, como el país, y se venían tiempos más duros, menos íntegros, llenos de lágrimas, pero de los cuales salimos, cada uno con sus armas. Todos hicimos lo que pudimos en ese contexto, lejos de hacer lo que hubiésemos querido, porque hacer lo que queríamos infiere una cierta esperanza e inocencia, que ya no teníamos, al menos por unos años. Así que fue momento de ponerse serio, cuidarse, cuidar a nuestras familias, cuidar a los amigos y parejas que quedaron cerca de uno, y hacer lo mejor que se podía por todos los compatriotas que la pasamos muy mal, cuando no había trabajo y circulante. Pero, nos caemos para recordar como ponernos de pie, y aunque desde la amistad uno tengan un andar particular, como el rumbo del país, caímos duro, pero nos levantamos, crecimos, aprendimos, y no fue al pedo, y se sufrió, pero se aprendió, con la caída del país, la falta de la cotidianeidad de los amigos y la perdida de la inocencia.



Nunca Más a los desaparecidos y a la dictadura, pero también grito Nunca Más a ver gente comer de la calle, a los suicidios por la falta de trabajo y las miserias que se destaparon en Diciembre de 2001.

Hay mucho por hacer, hay tanto por hacer, y cada uno tira para su lado, pero al menos recuerdo y fervientemente creo que no se va a volver a los niveles de indigencia, crisis y desesperación que comenzaron en esa maldita fecha, a todo eso, luchando como pueda para que no se vuelva a repetir, hasta el día que me muera, a eso también le digo: Nunca Más.



Del otro lado del Río
Por Diego Molina
Fue durante la agonía del primer año del siglo XXI, De la Rua llamó a un gobierno de coalición, lo recuerdo bien. En ese momento pensé en la frase hecha acerca de la embriaguez que produce el poder. Hay excepciones; por ejemplo, para Galtieri la embriaguez era literal y anterior al poder. Ya para el ex presidente radical, que no era aburrido sino pusilánime, la embriaguez fue rápida, repentina y rigurosa, para usar sólo palabras que comiencen con la “r” de Rua. Se subió cobardemente a un helicóptero mientras la gente se amontonaba en las plazas exigiendo las sempiternas respuestas populares, y estalló la llamada crisis del 2001. Corralito, cacerolazo, que se vayan todos: los diarios del mundo reprodujeron esa trinidad.

Un día después, me subía a un 737 rumbo a Río de Janeiro, la “cidade maravilhosa”. El acaso (o su disfraz de ocasión: el destino) hizo de ese viaje para visitar amigos el prólogo de una larga transformación de mis pasos. Pues en un bar del Baixo Gávea crucé la mirada con Marília y todo comenzó a tener para mí acento portugués. Me mudé a São Paulo en marzo de 2002, volví a Buenos Aires dos años después y desde 2008 vivo nuevamente aquí, y mi “aquí” ahora es São Paulo. Un aquí donde también vive Laura, mi hija que, lo sé, será bilingüe e hincha de Boca y el Corinthians!

Qué decir de este Brasil impetuoso. Las estadísticas, de Lula para acá, hablan del milagro brasileño, del ascenso social (Brasil ya es considerado país de clase media), del fin del analfabetismo, de la sexta economía mundial… Lo cierto es que Brasil, desde que la corona portuguesa se instaló por aquí en 1808 y desde su independencia en 1822, fue siempre un conjunto de estados disímiles, con mayor o menor importancia estratégica, económica y política. Difícilmente se escuche hablar fuera de Brasil de los estados de Roraima o Piauí. Hoy por hoy, todo ocurre en São Paulo, megalópolis, cuarta ciudad más poblada del mundo, averno de cemento y acero: todo el mundo sabe la salida, pero nadie se va. Lo producido apenas en el estado de São Paulo es mayor que el PBI de toda la Argentina, creo que ese es un dato esclarecedor. Empresas brasileñas de punta, como Embraer y Petrobras, aparecen en rankings mundiales, así como algunas de sus universidades, en los primeros lugares entre las latinoamericanas (como la USP, Universidad de São Paulo, y la UNB, Universidad de Brasilia). Con una moneda fuerte, los brasileños en general y los paulistas en particular ocupan hoy el lugar que ocuparon los porteños durante la dolarización: el “deme dos” se fue del otro lado del Río de la Plata, así como las escapadas a Miami para hacer compras. Claro, el caso argentino se apoyaba en las demenciales políticas neoliberales, mientras que en Brasil, después de Fernando Henrique Cardoso, el rumbo fue otro. O sea, al país de playas exuberantes, carnaval, fútbol y bossa nova, esto es, la imagen del Brasil tropical y turístico que permanece en el imaginario mundial, hay que sumarle la de este Brasil emergente, lleno de proyectos e ideas, en lo social y lo cultural (si acaso podemos disociar ambas cosas).

Último país a abolir la esclavitud (en 1889), Brasil aún enfrenta su gran demonio: la pésima distribución de ingresos. La diferencia entre los que más tienen y los que menos tienen continúa siendo abismal, sumándosele a esa desigualdad los viejos y, lamentablemente, no caducos conflictos raciales.

Como argentino residente en Sampa (como alegremente la llaman por aquí) debo decir que fuera el fútbol los prejuicios son ilusorios, a pesar de que existe un género  de chiste de argentinos: “piada de argentinos”, que metonímicamente están representados por los porteños: cosas del ego y demás gracias de la soberbia. Los brasileños se sorprenden cuando les comentan que no existe en Argentina un género de chistes sobre ellos. En verdad, las cosas no pasan de la ya rancia pregunta: ¿Pelé o Maradona?, eterna pugna que hoy tiene una salida simpática, anárquica y atea, ni el Rey ni Dios: Messi.




Diego Molina es Licenciado en Letras Modernas (UBA), Mestre en Literatura Brasilera (USP) y Doctorando en Literatura Latinoamericana (USP), becario de la Fapeps e investigador del Instituto de Estudos Avançados de la Universidade de São Paulo. Es amigo desde los 6 años, y es orgullosamente bonaerense y no porteño...
 





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